Hace millones de años, los primeros humanos eran apenas unos pocos miles repartidos en pequeños grupos nómadas. Sin agricultura ni ciudades, su lucha diaria era sobrevivir. Durante casi toda nuestra historia, la población humana fue mínima, creciendo lentamente debido a enfermedades, depredadores y un entorno hostil. Todo cambió con la Revolución Neolítica, alrededor del 10 000 a.C., cuando la agricultura permitió producir y almacenar alimentos. Por primera vez, la humanidad pudo asentarse y multiplicarse: la población mundial alcanzó unos 8 millones de personas.
En la Antigüedad, el surgimiento de civilizaciones como Egipto, Roma o China llevó la población a unos 250 millones para el año 1 d.C. Sin embargo, guerras y plagas como la peste Antonina o la de Justiniano provocaban frecuentes retrocesos. La Edad Media trajo avances agrícolas, pero también tragedias como la Peste Negra, que mató a millones entre 1347 y 1351. Aun así, hacia 1500, el planeta ya albergaba unos 450 millones de habitantes.
La Edad Moderna y los descubrimientos geográficos impulsaron el crecimiento global. El intercambio de alimentos entre continentes, como el maíz y la papa, mejoró la nutrición y elevó la población a unos 600 millones hacia 1700. Pero el verdadero cambio llegó con la Revolución Industrial: los avances en medicina, transporte y producción redujeron la mortalidad y aumentaron la esperanza de vida. Entre 1800 y 1900, la población pasó de 1 000 a 1 600 millones.
El siglo XX marcó una explosión demográfica sin precedentes. Gracias a la Revolución Verde y la mejora sanitaria, la población se multiplicó por cuatro, superando los 6 000 millones en el año 2000. A pesar de guerras y crisis, el planeta continuó creciendo. En 2022, según la ONU, llegamos a los 8 000 millones de habitantes. Hoy, la esperanza de vida global supera los 73 años, aunque con grandes desigualdades entre regiones.
El crecimiento actual es desigual: Europa, Japón y América Latina envejecen y pierden población, mientras África y Asia impulsan el aumento global. La urbanización masiva también define el siglo XXI: más de la mitad de la humanidad vive en ciudades, generando desafíos de vivienda, contaminación y desigualdad.
De cara al futuro, la ONU proyecta que en 2050 seremos unos 9 700 millones y hacia 2100 la población podría estabilizarse entre 10 200 y 10 400 millones. El descenso de la fecundidad —actualmente de 2.3 hijos por mujer— marcará el rumbo demográfico. El reto será equilibrar regiones superpobladas con otras que enfrentan declive y envejecimiento.
En perspectiva, más del 99 % de la historia humana transcurrió con poblaciones pequeñas y estables. Solo en los últimos dos siglos vivimos una explosión gracias al conocimiento, la tecnología y la cooperación. Hoy enfrentamos un desafío crucial: pasar del crecimiento al equilibrio, garantizando bienestar sin destruir los ecosistemas que nos sostienen. La evolución de la población mundial no ha terminado: apenas entra en una nueva era donde el verdadero reto será aprender a sostenernos en un planeta finito.