Del hielo al NEOLÍTICO: el origen de la civilización✨aulamedia Historia

El paso del Paleolítico al Neolítico representa uno de los cambios más profundos en la historia de la humanidad. No fue una transformación repentina ni planificada, sino el resultado de miles de años de observación, adaptación y aprendizaje frente a un mundo que cambiaba aceleradamente. Al finalizar la última glaciación, hace aproximadamente 12 000 años, el clima global comenzó a calentarse, modificando paisajes, ecosistemas y formas de vida en casi todo el planeta.

Durante el Paleolítico, los grupos humanos dependían principalmente de la caza de grandes animales y de la recolección. Este modo de vida funcionó durante milenios, pero el aumento de las temperaturas provocó la desaparición o migración de la megafauna. Mamuts, bisontes y otros grandes herbívoros dejaron de estar disponibles, lo que puso en crisis la seguridad alimentaria de las comunidades humanas. La naturaleza ya no garantizaba recursos abundantes, y el ser humano tuvo que replantear su relación con el entorno.

En este contexto surgió el Mesolítico, una etapa de transición caracterizada por la diversificación de estrategias de subsistencia. La pesca, la recolección intensiva de plantas silvestres y el aprovechamiento de recursos estacionales se volvieron fundamentales. Las comunidades comenzaron a permanecer más tiempo en territorios específicos, regresando a ellos de forma recurrente. Esta permanencia permitió una observación más profunda de los ciclos naturales y del comportamiento de las plantas.

Uno de los descubrimientos más importantes de este periodo fue la comprensión del crecimiento vegetal. A través de la experiencia acumulada y transmitida oralmente, los seres humanos entendieron que de una semilla podía nacer una nueva planta. Este conocimiento, aparentemente simple, transformó para siempre la historia humana. La recolección pasiva dio paso, lentamente, a la experimentación consciente con el cultivo.

El inicio de la agricultura marcó el comienzo del Neolítico. Con el cultivo de plantas y la selección de semillas más resistentes, el alimento dejó de depender exclusivamente del azar. Las personas comenzaron a planificar su sustento, almacenar excedentes y construir asentamientos permanentes. La vida nómada fue reemplazada progresivamente por el sedentarismo, dando origen a aldeas, nuevas formas de organización social y un sentido de pertenencia territorial.

Sin embargo, la agricultura también trajo consecuencias inesperadas. La dependencia de los cultivos hizo a las comunidades más vulnerables a sequías y plagas. La vida sedentaria favoreció la aparición de enfermedades y aumentaron las desigualdades sociales. A pesar de ello, el Neolítico permitió el desarrollo de nuevas tecnologías, la especialización del trabajo y el surgimiento de estructuras sociales más complejas.

En definitiva, el paso al Neolítico no fue solo un avance técnico, sino una respuesta creativa a una crisis ambiental. Al observar, aprender y transformar su entorno, la humanidad dio un paso decisivo hacia la civilización. Plantar una semilla no solo aseguró la supervivencia, sino que sentó las bases del mundo que habitamos hoy.