La historia suele percibirse como una simple narración del pasado, una sucesión de fechas, nombres y acontecimientos que se repiten de generación en generación. Sin embargo, detrás de cada libro, documental o clase de historia existe un trabajo riguroso que se asemeja más al de un científico que al de un narrador de cuentos. La historiografía moderna se apoya en un método sistemático que permite investigar, contrastar y comprender el pasado con criterios de validez y coherencia.
El primer paso del método histórico es la formulación de hipótesis. Todo comienza con una pregunta bien planteada. El historiador no intenta abarcar “todo el pasado”, sino que delimita un problema específico: un período, un proceso social, un acontecimiento o un personaje. Estas preguntas deben tener valor heurístico, es decir, deben permitir descubrir algo nuevo o reinterpretar lo ya conocido desde una perspectiva crítica.
Una vez definida la hipótesis, se realiza el examen del estado de la cuestión. Esta etapa consiste en revisar la producción historiográfica existente sobre el tema de estudio. El investigador analiza qué se ha dicho, qué debates siguen abiertos y cuáles son los vacíos de conocimiento. Este paso es fundamental, ya que evita repetir investigaciones anteriores y permite situar el nuevo estudio dentro de una tradición académica.
El siguiente momento es la prospección de fuentes. Aquí el historiador se adentra en archivos, bibliotecas, museos o yacimientos arqueológicos en busca de testimonios del pasado. Las fuentes pueden ser escritas, como cartas, actas o crónicas; materiales, como objetos y restos arqueológicos; u orales, como testimonios y memorias. Todo vestigio del pasado puede convertirse en una fuente potencial si es relevante para la investigación.
Sin embargo, las fuentes no se aceptan sin cuestionamiento. Por ello, el análisis crítico de las fuentes es una de las fases más importantes del método histórico. El historiador evalúa la autenticidad, la fiabilidad y el contexto de cada documento. Se pregunta quién lo produjo, con qué intención y en qué circunstancias. De este modo, se separan los hechos verificables de la propaganda, los errores o las interpretaciones interesadas.
Con las fuentes analizadas, se llega a la fase determinante: la elaboración de conclusiones. En este punto, los datos se organizan, se comparan y se interpretan para responder a las hipótesis iniciales. La historia no se limita a describir lo ocurrido, sino que busca explicar causas, consecuencias y motivaciones, comprendiendo a los actores sociales en su contexto histórico.
Finalmente, el conocimiento obtenido debe ser compartido. La transferencia y divulgación se realiza mediante libros, artículos académicos, conferencias o contenidos digitales. La historia, como toda ciencia, solo cobra sentido cuando sus resultados se comunican y contribuyen a una mejor comprensión de nuestro pasado y, por extensión, de nuestro presente.